Crónica de LA GUELAGUETZA 2015 – Parte 1

Eran casi las diez de la mañana del último lunes del cerro del año, el sol ya se encontraba bastante alto como para calentar las tierras del valle de La Verde Antequera y gente caminaba cuesta arriba por las laderas de El Cerro del Fortín con un poco de la inclemencia del sol que no reducía en nada la emoción ante la expectativa del magno espectáculo que estaban por presenciar. La gente dentro del auditorio, un escenario circular rodeado en dos terceras partes por gradas escalinadas, se aseguraba de tener un buen ángulo de visión para gozar plácidamente del show que en pocos minutos comenzaría. Se escuchaba la muchedumbre impaciente cuando de pronto una voz masculina irrumpió el bullicio para hacer los honores y dar la bienvenida.

Se repasó el nombre de las poblaciones que en escena compartirían un cachito de su esencia y, sin más, las Chinas Oaxaqueñas irrumpieron el escenario para engalanar la apertura de la muestra cultural que encantaría los espectadores en un frenesí espiritual.

Luego de unos mDSC_0015inutos, desde las escalintas a los costados del escenario, hicieron entrada unas figuras muy viriles en color marrón, sombrerudas y enmascaradas que portaban pantalones de piel tapizados de largos pelos rubios, y chaquetas adornadas con tirillas de cuero; eran Los Rubios, sus mamacitas y los toritos de la delegación de Santiago Juxtlahuaca, población anclada en la región Mixteca del Estado de Oaxaca, quienes al ritmo de la música de sus espuelas creaban La Danza de los Rubios. Así, entre espuelazos, fuetazos, toreadas y uno que otro intento de seducción entre Rubios y Mamacitas, representaron el trabajo de los vaqueros mixtecos. Los espectadores, sumidos en la dialéctica del temor y la excitación, oleaban los vaivenes de los pasos sobre el ruedo en el que se había convertido el escenario. Al finalizar su danza, los integrantes de la delegación ofrendaron sus productos tradicionales arrojándolos al público. La gente en júbilo se levantó de sus asientos y estirándose trataba de acercarse para cachar un poco de la tradición que ahora era un golpazo de suerte poder obtener. Este mismo rito se repitió con cada una de las delegaciones.

Mientras la algarabía del tributo de Juxtlahuaca se gestaba, las joyas del Istmo engalanaban las escalinatas del escenario. IMG_0868Destellos dorados adornados con flores multicolores en fondos negros mantenían a los estetas con un nudo en la garganta resultado de la represión de las ansias locas de expresar la emoción que invadía cada una de las fibras de su ser. Juxtlahuaca se despidió y la música del Son Calenda del Istmo comenzó a sonar. La delegación de Ciudad Ixtepec hizo su entrada triunfal desfilando y bailando cadenciosamente por la circunferencia del escenario mientras sonreían y saludaban altivamente con ademanes. No faltaron los faroles de papel celofán en forma de estrellas ni los toritos. Se representaba así la comparsa tradicional que recorre el pueblo como ritual y festividad previa a la Vela Istmeña. Luego vino la Tirada de Fruta que comenzó con una comitiva de tehuanas en donde las reinas, portando sus hermosas coronas, dirigían la comparsa con el estandarte de su población en mano. En la circunferencia del escenario desfilaba el resto de la comitiva de tehuanas portando su galante penacho blanco y cargando las hermosas jícaras pintadas con motivos florales y banderillas multicolores de papel china en donde contenían la ofrenda para el público. Un pequeño incidente en el cual un torito incendió el estandarte de una de las bailarinas no pasó a mayores y la representación continuó con la danza ovacionada de tehuanas con sus imponente penachos blancos. Luego retomaron su baile cadencioso en actuación de la Vela Istemeña y su intervención culminó con las ofrendas al público.

Cuando los espectadores se abalanzaba excitados para poder alcanzar alguno de los obsequios istmeños, una bella comparsa,
DSC_0176tejida de telas color blanco con detalles morados y azules, cargando mobiliario austero esperaba entusiasmadamente su entrada. La delegación de Huatla de Jiménez actuó para el público los rituales preparativos acostumbrados antes de «El Matrimonio Mazateco», la dejada del guajolote y la entrega de ofrenda. Para los Huautlenses es fundamental la pureza mental y corpórea de los novios antes del casamiento y es por ello que realizan «La Lavada de Cabezas». En este ritual los padrinos de bodas acuden a casa de sus respectivos futuros ahijados para lavarlos  de pies a cabeza en un acto de purificación. Luego, con la entrega del Guajolote y de ofrendas, el baile y la fiesta prenupcial se llevan a cabo. La delegación interpreto dichas tradiciones con una danza cadenciosa acompañada de un narrador que detallaba cada uno de las actos del pueblo de María Sabina. Al finalizar, la gente en el auditorio, entrada en el delirio de la excitación desbordante de alegría, saltaba para poder alcanzar alguna de las bolsas de papel café dentro de las cuales algunas tenían panes, otras tostadas y algunas otras un poco de café.

Mientras los afortunados y suertudos cachadores de las ofrendas se regocijaban ante la idea de degustar lo ganado, unaIMG_0967 banda compuesta de tamboras, saxofones, trompetas y platillos irrumpieron con júblio la algarabía del público para anunciar a la delegación de Ocotlán de Morelos. Tras ellos, cargando con floreros blancas, caminaba una comparsa de mujeres vestidas con faldas y blusas multicolores. Ellas eran acompañadas de hombres portando pantalones blancos, camisas de colores pasteles diversos y un peculiar sombrero color café o hueso con ala redonda. Uno de ellos cargaba sobre la cabeza una canasta dentro de la cual viajaba una pareja de guajolotes vestidos de novio y novia. La delegación representaba la «Dejada de Guajolote» como parte de la tradicional ofrenda que la familia del novio hace a los padres de la novia, quienes celebran el acto convirtiendolo en un festejo prenupcial y de integración de ambas familias en el cual comparten bebidas y el regional mole negro. Mientras hombres y mujeres bailaban e interpretaban los rituales, el escenario y el auditorio se inundaban del olor del humo de copal, parte fundamental de la tradición. El auditorio estallaba en aplausos cada vez que el ritmo del baile y la música aceleraba. Una vez terminada su presentación, los espectadores impacientes trataban de aglutinarse hacia el frente del escenario para amotinarse con los obsequios con los cuales la delegación entregaba al público una parte de su alma.

Continuará.

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